
Nos encontramos a un par de días de conocer de qué lado se inclinará Brasil, si continua de izquierda con Lula Da Silva o si se mueve la balanza a la derecha con Bolsonaro. Si logra afianzarse, América estará con solo un par de países con gobiernos de izquierda.
En términos políticos y económicos, Brasil y México siempre han peleado la corona de quien es mejor y demostrar el músculo de América latina. Entre ambos se concentra por lo menos el 60% del PIB de la zona lo que explica su peso regional. Sus bases económicas son muy similares, con brechas en la población y una gran desigualdad social e inseguridad. En materia de inversión extranjera, de uno su principal mercado es el estadounidense quien además es nuestro vecino, mientras que el otro tiene a China como su principal socio comercial.
Tanto Lula como el apellido Bolsonaro tienen experiencia política, saben lo que implica y el gran trabajo que conlleva la presidencia. La diferencia es la tendencia: La derecha ha avanzado en estos últimos años en un ciclo electoral «sostenido», cambio en las preocupaciones y hartazgos sociales en conjunto con una oferta política tecnológica y agresiva a consecuencia del resentimiento por promesas fallidas y una silla que ha queda grande en la mayoría de los casos. Todo esto incita al electorado a cambiar su voto y con ello, lograr un rumbo distinto.
Argentina, Chile, Bolivia, Honduras y recientemente Colombia, son algunos de ellos. Y aunque ninguno de los dos extremos es bueno, si es un reflejo de las ideologías políticas. Podríamos pensar que en esta cancha hay otro jugador, que, si bien ha intervenido en Venezuela y otros países, esto no cambia la idea de cómo esos gobiernos de izquierda han acumulado poder con base al populismo, a tener un enemigo en común y volver al pasado para buscar culpables cada vez que se pueda. Veremos este fin de semana si Bolsonaro se consolida y deja a México aislado en una posición incómoda o si continúan con luchadores sociales pretensiosos y mediocres.
México se quedó atrás hace años, no solo en educación, tecnología o inversión, sino también en impulsar a personajes para puestos claves en organismos internacionales de gran relevancia. El último fue Agustín Carstens quien dirigió el BIS y que, a mi parecer, ha sido el mejor economista mexicano de los últimos tiempos. Todo esto ocurre mientras que México se prepara para elecciones intermedias y que el oficialismo está en una crisis interna provocada solo por ellos, pero conviene observar con atención cómo se moverán las fichas del ajedrez con los partidos pequeños (PT y PVEM) y que marcaron la diferencia para un congreso con mayoría calificada en 2024.
El tiempo cambia, hagamos lo mismo… RG








